Artes plásticas

Artes plásticas

 

Marti Lelis

 

Llueve. No ha parado en dos semanas y aquí adentro nos estamos volviendo un poco más neuróticos. Nunca se sabrá cuándo se cuenta esta historia, si ya se contó, se va a contar o se está contando. Quizás esté en su naturaleza ser un relato confuso.

***

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Antropometrías, Yves Klein

El caso es que Melisa ha pintado de nuevo. Esta vez no le bastaron las manos. Llenó la bañera con pintura y metió los pies. López la descubrió y le dijo que eso no lo podía hacer, que el baño quedaría hecho un asco y luego nadie querría limpiar. Melisa le dio un abrazo, le susurró algo al oído y lo besó en la mejilla. López le acarició el cabello y dijo que daría su rondín. Cuando él se marchó Melisa se metió en la bañera y después estuvo revolcándose sobre la tela; cambió de color tres veces. Ángel improvisó en el sax y nos pareció que las notas también cambiaban de color, de azul a rojo, de amarillo a negro. Estaba un poco desafinado, pero él decía que no, que eso era jazz y que no sabíamos nada del swing, que cuando alguien improvisa puede pasar cualquier cosa y hay que escuchar, esperar lo inesperado. Mientras decía esto, tenía en la frente unas arrugas verticales que le juntaban las cejas y lo hacían parecer más feroz. En cambio, Arcelia bailaba una mezcla extraña de ballet clásico y moderno con flamenco y polka; sudaba a tal grado que su leotardo estaba empapado, como si hubiese estado caminando por el jardín toda la tarde, mojándose.

Había oscurecido más temprano y sólo sabíamos que llovía porque en el jardín las gárgolas descargaban ruidosamente el agua del techo; por lo demás, ya estábamos acostumbrados al rumor de la lluvia, a los relámpagos y los truenos.

Yo me dediqué a describir la escena y, por largo tiempo, antes de escribir el primer párrafo, estuve pensando en cómo meter todas las artes en mi cuaderno, en cómo hacer una pintura, una melodía, la danza, un canto, todo por escrito. Quería decir las cosas con arte, pero estaba demasiado ocupado en describir, en volverme un simple transcriptor de lo que estaba viendo. Tardé en percatarme de que los límites acabarían por exasperarme porque, ¿cómo iba a dejar fuera la imagen de Melisa limpiando su pubis de pintura roja o las salpicaduras color verde sobre los mosaicos del baño, las huellas azules de sus pies que avanzaban por el pasillo hasta perderse en el armario? ¿Cómo describirlo todo y para qué? Situación desesperante.

***

Marcelo esculpió una cabeza con plastilina blanca y decía que el cuerpo estaba en un museo; que la belleza de su obra sólo la podría apreciar quien hubiera visitado la otra parte. “¿Y dónde está el museo?”, le preguntábamos. “En Europa”, respondía, pero nunca nos decía en qué país. En ocasiones le daba por esculpir manos y tenía sus temporadas de pies; durante los inviernos modelaba extremidades completas y en primavera le daba por los torsos, pero nadie, nunca, había visto una estatua completa.

El aburrimiento del encierro me estaba volviendo más observador, y a alguien le podrá sorprender que haya anotado, en alguna parte de mis libretas, las huellas azules de los pies de Melisa. En verdad me gustó ese detalle, aún más que el cuadro que pintó con el cuerpo. Había una belleza extraña en ver el pasillo marcado con sus pies y seguir el rastro hasta la habitación de los conserjes; ver la huella que quedaba partida en dos bajo la puerta y las gotitas de pintura alrededor; noté que Melisa tiene el pie plano. Algunos decían que las huellas las había hecho Marcelo con una de sus esculturas, esto porque nadie vio a Melisa en el pasillo. Interrogamos a Marcelo, pero negó todo después de dar un suspiro: jamás se le habría ocurrido; hubiese querido ser el autor de las huellas azules, desafortunadamente no. Ahora estaba ocupado esculpiendo manos de mujer.

***

Una vez, Marcelo me mostró una de sus obras (iba a escribir que sin pies ni cabeza): un par de pies en color gris, muy finos; de mujer, sin duda una jovencita.

—¿Lo ves? —me dijo entusiasmado, acariciando la escultura—. Lo que tú y yo hacemos no es muy diferente: tú creas un personaje escribiendo que frunce el ceño o dándole unas manos huesudas con dedos largos y uñas barnizadas de rojo. Con menos que eso basta. Es como estos pies. Te apuesto a que ya viste a Gabi.

—¿A Gabi?

—Sí, a Gabi, así se llama la muchacha a quien pertenecen —dijo y se quedó mirándome, esperando una respuesta que yo me tardaba en pronunciar porque necesité mirar de nuevo los pies y hacer que les fueran creciendo las piernas, el resto del cuerpo.

—¿No es hermosa? —interrumpió Marcelo, feliz, pasando la mano por el espacio vacío encima, acariciando la suavidad del cabello y las mejillas. Entendí a qué se refería.

***

Durante varios meses Marcelo estuvo gastando sus ahorros. Al público ya no le interesaba comprar esculturas incompletas: querían estatuas de cuerpo entero, se las exigían bajo la lógica de que si las partes eran una obra de arte, un cuerpo completo sería excelente, grandioso. Pero Marcelo se negó, eso no era lo que buscaba.

El caso es que terminó con sus ahorros y afuera no contaba con nadie, ni un familiar, ni un amigo. A mí me seguía llegando el cheque de la Fraternidad y podía darme el lujo de comprar cigarros con filtro para invitar a Marcelo.

***

Estar encerrados nos hace pensar diferente: nos expandimos y, cada palabra, cada pincelada, cada nota, cada golpe de cincel o paso de danza nos libera.

Melisa tuvo la idea de montar la exposición, al principio sólo para nosotros, pero Marcelo, desesperado por la falta de dinero, quiso invitar gente de fuera y habló con el Director. No había ningún problema: “Hace falta dinero para mandar arreglar los baños y el piso de la oficina, el gobierno ya no da nada para sitios como éste y no pienso dejarlos a ustedes en la calle, pero tampoco poner de mi bolsillo”. Se dieron la mano y al día siguiente comenzaron los preparativos.

pies-tres-huellas-azules_13339-237546En la sala principal quedaron suspendidos cuatro pares de manos, a diferentes alturas y distancias de los pies y las cabezas. Melisa ocupó las cuatro paredes con sus pinturas corporales. Una flecha pintada en el piso dirigiría a los visitantes al pasillo de las huellas azules. Nadie vio cómo logró llenar el techo de manos naranjas y pies rojos. “Como si Linda Blair hubiese paseado por la sala”, dijo López, en broma. Arcelia, quien era muy susceptible, padeció pesadillas todas las noches previas a la exposición. Fueron unas pesadillas espantosas a tal grado que no pudo bailar de nuevo hasta que le trajeron al párroco de no sé qué pueblo lejano, a quien llamaron por su parecido con el cura de la película.

footprint blue and white paint. Blue prints of feetEl día de la exposición apareció mucha gente del pueblo y unos cuantos de la capital. Fue muy decepcionante: los verdaderos compradores no llegaron en la cantidad esperada y los pocos que estuvieron se interesaron más por las obras de Melisa. Lo bueno fue que un millonario texano pagó para que desmontaran la duela del pasillo y la puerta debajo de la cual se perdían las huellas azules. No nos enteramos sino cuando ya era demasiado tarde para impedirlo: llegaron con motosierras y terminaron el trabajo en menos de quince minutos, bajo la mirada complaciente del director.

Pobre Marcelo, sus obras pasaron desapercibidas. A mí me gustó que en la entrada flotara la mano de una jovencita a quien había que saludar agachándose un poco. Era una mano tan agradablemente suave y con dedos tan finos que había que imaginar a una quinceañera vestida de raso y chapeada; no costaba trabajo suponerle unos pies pequeños con deditos graciosos asomando por la punta abierta de una zapatilla blanca. En el fondo de la sala había una formación de pies de tipos muy variados: pies de ancianos, de jóvenes, de niños, de niñas, de muertos, de vivos. No se vendió nada de Marcelo. Yo insistí en comprarle un par de orejas, pero él no quiso, me las cambió por cigarrillos; luego se puso un poco triste y me dijo: “Creo que intentaré una escultura completa”, y se fue directo hacia Melisa a darle un abrazo de felicitación.

***

Como ya tenía todas las piezas no fue difícil comenzar juntando partes: manos, brazos, pies, torsos, bustos. Al final quedaron cinco cuerpos completos y sobrantes de cada una de las piezas. El cajón de los dedos no lo utilizamos. López echó un vistazo a las esculturas, las miró con detenimiento, las acarició en busca de las uniones entre pieza y pieza; estuvo un rato callado, frotando el dorso de su mano contra la barba de dos días que le oscurecía la mitad del rostro. Para ese momento ya estábamos reunidos Ángel, Arcelia, Melisa, Marcelo y yo;  fumábamos con el meticuloso nerviosismo de quien espera sentencia o que le digan si fue niño o niña.

—¿Y qué, no me van a invitar un cigarro? —dijo López de pronto, sobresaltándonos. Arcelia dejó caer la colilla que tenía entre los dedos y comenzó a respirar más rápido. Yo tuve la ocurrencia de reírme para relajar la tensión. Marcelo sacó un paquete de Luckies y todos miramos el círculo rojo del empaque, los dedos inquietos de López que tardaban en pellizcar el cigarro; luego escuchamos los golpecitos apagados del cigarro contra la uña de su pulgar izquierdo, amarillenta y oscura de mugre en el borde. Marcelo le ofreció el encendedor. López aspiró dos veces. Fue sacando el humo poco a poco, entreverado con las palabras que pronunció con regocijo y malicia, sin dejar de mirar a Arcelia, pero dirigiéndose a Marcelo: “Tus esculturas son como la criatura del doctor Frankenstein”, y agregó: “Son monstruosas, pero están vivas. Y bailarán en sueños con Arcelia”.

***

El director estuvo de acuerdo en montar la segunda exhibición —había visto las esculturas de Marcelo, escuchado la opinión de López, y pensó que se vendería lo suficiente para poder remodelar la fachada, arreglar la fuente del jardín. Con el dinero sobrante de la exposición anterior contrató un cuarteto para que tocara música clásica. Ángel se enteró y tuvieron que recluirlo en su habitación: se puso violento y amenazó al director con arruinar la venta si no lo dejaba improvisar con el sax.

Marcelo se volvió más reservado durante los días previos a la exhibición. Me dijo que no podía sacarse de la cabeza la frase de López: “Son monstruosas, pero están vivas”. Lo de Arcelia le importaba poco, que la hubiesen cambiado de salón, que ya no la viésemos bailar después de las comidas con la expresión de miedo que ya era su marca distintiva. Era una chica con talento en bruto a quien —ahora nos arrepentimos—, no supimos librar de la maldad gratuita por parte de López. En cierto modo López era un artista: supo provocar la ruina de Arcelia sin jamás criticarla directamente. La llenaba de terror con sus frases lapidarias respecto a la música de Ángel, a las esculturas de Marcelo, a mis escritos; el resto lo hacía ella misma: el miedo, las convulsiones, esa manera de mezclar los bailes hasta los espasmos finales, las contorsiones de un cuerpo que poco a poco iba dejando de pertenecerle; y, finalmente, su desaparición en quién sabe qué sala del edificio, en qué frigorífico hospitalario, rígida, abandonada a las manos sudorosas y los dedos —torpes con el bisturí— de esmerados aprendices de forense.

***

Nos costaba trabajo hablar con Melisa. Con López lo hacía al oído y nosotros ya no recordábamos cómo era su voz. Cuando la trajeron acá, el año pasado, la obligaron al ritual de la presentación por el que todos pasamos al entrar en el grupo. “Soy Melisa y soy pintora”, nos dijo, y luego toda comunicación se limitó a lo que expresaba con sus lienzos, con su forma de pintar y, una que otra vez, con sus gestos. No escatimaba con las sonrisas, aunque dirigidas a nadie en específico, a la pared o a sus obras. Lo que no supimos fue cómo estableció con López una relación basada en los murmullos y en una intimidad que sospechábamos, pero sin atrevernos a darla por cierta. Quizás eran buenos amigos y nada más. Lo cierto es que López jamás dijo alguna de sus frases acerca de la obra de Melisa. Tenían una especie de pacto al que también nos acostumbramos, como a la lluvia y a que oscureciera más temprano. Así era Melisa, como un libro sobre artes plásticas que estuviese hojeando al azar un niño, descubriendo en cada pintura una palabra, una frase, un grito que no acababa por revelarnos un mensaje concreto sino emociones aisladas que debían formar una figura cuando alguien las supiera contemplar en orden.

***

El día anterior a la exposición Melisa estuvo terminando las pinturas que el director le había encargado. Preparó una serie pictórica que López se atrevió a calificar de “alfombras cromáticas”. Se requirió mucha pintura y largos lienzos. La técnica era de rodillo y se trataba de crear algo parecido a la sábana santa de Turín. Después de empaparse de pintura en la bañera, Melisa rodaba sobre la tela que había extendido como alfombra desde el baño hasta la sala de arte. Al llegar al extremo, López le vaciaba una cubeta del siguiente color y Melisa repetía el trayecto de regreso. Finalmente, con un tercer color en el cuerpo, regresaba rodando a la sala, pero ésta vez sujetando el borde del lienzo, enrollándose de tal modo que al terminar lo único que veíamos de ella eran sus pies manchados, multicolores, los dedos moviéndose como si alguien le hiciera cosquillas.

 

Durante la noche nadie durmió. Escuchamos hasta el amanecer el saxofón de Ángel, las notas escapando a la trampa de las paredes acolchadas, filtrándose por las rendijas de la puerta. Improvisaba una sola melodía que oscilaba entre lo festivo y una tristeza muy pura, un correr de agua como llanto, un fluido agridulce que me pareció “luminoso”, a falta de un mejor adjetivo para describirlo. Cada media hora escuchábamos los pasos de López. De la habitación de Marcelo salía un golpeteo como de martillo, pensamos que estaba destruyendo sus esculturas, pero no era eso. Nunca nos quiso decir lo que estuvo haciendo. Melisa pintaba. La oíamos entrar y salir del baño, hacer ruido con las cubetas y abrir las llaves de la ducha.

Yo estuve ocupado corrigiendo el manuscrito de esta historia. Por momentos me quedaba con el lápiz separado del papel, escuchando el sax y los ruidos del pasillo. Luego me dio sed y pensé en ir a la cocina por agua. Todas las luces estaban prendidas. Eran las tres de la madrugada y afuera seguía lloviendo, los cristales de las ventanas estaban empañados. La oficina del director estaba abierta e iluminada. Vi cruzar a Melisa como un fantasma, desnuda, arrastrando un rollo de tela hacia la sala de exposiciones. El corredor estaba lleno de sus huellas, rojas, amarillas, azules, en ciertos puntos del piso había charquitos de pintura, como si Melisa se hubiese quedado parada ahí unos minutos, esperando. El agua estaba tibia y en el refrigerador no había hielo: alguien lo había desconectado y una mancha de agua sucia se extendía hasta mezclarse con la pintura.

No presté mucha atención a los hombres que estaban sacando los muebles de la Dirección, pensé que el director estaría redecorando o se había comprado un escritorio y libreros nuevos. Cierto, eran las tres de la mañana y debí sospechar otra cosa. La cuestión es que me pareció lógico el cambio. Con la mano, le dije adiós al director cuando lo vi parado en la salida, dirigiendo a los hombres de la mudanza. Al que ya no vi más fue a López.

Regresé a mi habitación y me senté a escribir lo que había visto. Se me ocurrió meter en el camión de la mudanza, de un plumazo, una de las esculturas de Marcelo, de las completas, y una de las pinturas rojas de Melisa. También describí el semblante sereno del director, su traje oscuro mojado por la lluvia, y las gotas de agua que le escurrían por los cabellos: bajaban simétricamente por las sienes o goteaban sin prisa por el mechón encanecido de su frente, como si hubiese corrido y fuera sudor el líquido que lo empapaba.

***

Por la mañana descubrimos que el director se había marchado. La nota que nos dejó en su despacho vacío no dejaba lugar a dudas. Marcelo la leyó en voz alta:

“Pueden irse o esperar un milagro. Ustedes no deberían estar encerrados, quizás nunca lo estuvieron. Éste lugar ya no tiene razón de ser: el gobierno retiró el subsidio y yo estoy cansado. Aquí les dejo las llaves. Váyanse antes de que lleguen los valuadores o, peor aún, un nuevo director con órdenes de hacer todo lo que pueda para financiarse”.

No sabíamos qué decir. Melisa se había arreglado, estaba bien peinada y sin rastros de pintura en el cuerpo. Tomamos las llaves y fuimos a sacar a Ángel del cuarto; lo pusimos al tanto de la situación y, como teníamos hambre, fuimos a la cocina a buscar algo rescatable del refrigerador. No hablamos en toda la mañana. Nadie hizo el intento de marcharse: ahí estaban las llaves, pero no teníamos a dónde ir y nos quedamos sentados hasta que los cigarrillos se acabaron y regresamos a nuestros cuartos.

Más tarde encontramos a López, desnudo y violeta, en medio del rollo, inmóvil en la obra de Melisa, con pintura roja o sangre burbujeando despacio en su boca. Ángel había comenzado una improvisación alrededor de Bird’s Lament, cuando escuchamos el ruido de los autos. Yo me acerqué a una ventana, desempañé el vidrio con el antebrazo y me quedé recargado, incapaz de decidir si la gente que llegaba eran los valuadores, los invitados a la exposición, o el nuevo director y su séquito de “otros López” que llegaban a administrarnos. Melisa, Marcelo y Ángel me miraron, esperaban que les dijera algo o abriera la puerta. Eché un vistazo al cuerpo violeta de López; había dejado de salirle pintura y no parecía un cuerpo de verdad. Saqué las llaves de mi bolsillo y comencé a echar los pasadores, a correr las cortinas ante la mirada confundida de la gente de afuera. Poco a poco se alejaron los autos y nos quedamos solos otra vez.

***

Ahora estamos esperando que termine de llover para enterrar a López en el jardín. Melisa, pinta; Ángel, toca; Marcelo ha desmontado las piezas de las estatuas y trabaja con los hilos de pesca, suspendiendo manos y brazos en los pasillos. Yo los observo y transcribo la escena, vigilo la reja de la calle: nadie ha venido desde hace dos días, ni creo que vengan. Me preocupa que, al final, habrá necesidad de informarle a los artistas que no hay nada más para comer. A mí se me terminó el papel. Puedo escribir en las paredes, pero el tabaco se me acabó. La lluvia no cesa y López comienza a oler mal.

***

Marti Lelis / Libro de los cuentos

manos-Bruce Nauman
La obra de Bruce Nauman ‘Untitled (Hand Circle)’, de 1996

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