Historias de una minificción 4

Fragmento CCXIX

4

Un sueño

Muy de mañana, la minificción pequeñita vino a mi escritorio y se me subió a las piernas. Estaba toda despeinada y con los ojos maravillados por tanto soñar. ¿Otra vez soñaste con el dinosaurio?, le pregunté. Ella se puso seria y me dijo: No, ya estoy grande. ¿Quieres saber qué soñé?, dijo con una sonrisa traviesa, de esas que me ponen alerta porque hay que escuchar las ocurrencias de esta pequeña. A ver, dime, le dije. Primero me pondré mis zapatitos, dijo, y se fue a buscarlos, segura de que ya tenía mi atención. Al rato la vi regresar, peinada, moño rojo, aún con la piyama de franela. ¿Pero lo vas a escribir?, preguntó. Si es bueno, sí. ¿Y dirás que a mí se me ocurrió? Claro, como siempre. Ahora te lo diré, dijo, y acercó sus labios a mi oreja: soñé a una señora que quisiera que fuera mi mamá, muy guapa. Me habló en otro idioma, pero le entendí. Ella me dijo esto al oído: “Todos somos espejos, en mí o en cualquiera te puedes ver; pero hay que saber mirar”.

       Entonces, la minificción pequeñita se bajó de mis piernas. Yo le pregunté: ¿Y eso es todo? Eso es todo, respondió, otra vez con esa sonrisa traviesa. Me miró: Ahora mismo me estoy viendo en ti, dijo, y salió corriendo. Somos espejos, los humanos, dije en voz alta. Y me puse a escribir.

***

Marti Lelis / Libro de los fragmentos

2 comentarios sobre “Historias de una minificción 4

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